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jueves, 19 de enero de 2017

Con generosidad.



Ha pasado bastante tiempo desde mi última reflexión aquí, y sé que ha sido demasiado para un pensamiento siempre hambriento como el mío.

No he tratado de buscar excusas, admito que las detesto, pero sí es verdad que quizás este último tiempo de alejamiento ha resultado ser un tiempo de necesaria reflexión, de mirada al interior en soledad para volver a releer y ordenar los renglones que conformar aquello que soy.

Todas las páginas en las que he buscado respuestas a mis dudas me han mostrado la misma conclusión, solo es feliz quien tiene un corazón generoso para amar de forma incondicional, a todos y a pesar de todo.

Qué difícil, qué incomprensible, incluso qué injusta nos puede parece a priori esta afirmación. Entiendo a esas personas que no están dispuestas a asumir jamás tener que perdonar e incluso amar a quienes tanto dolor les han causado en algún momento de sus vidas. Y es que estamos rodeados de continuas situaciones que nos llevan a creer que aspectos como el egoísmo, la envidia, el rencor o la mera ambición son los que lo mueven todo, los verdaderos motivos que hacen  que actuemos demasiadas de las ocasiones de una manera tan ciega y deplorable, que es imposible distinguir entre tanta oscuridad algo de lucidez que nos convenza de lo afortunados que ya somos y por ello de lo felices y agradecidos que deberíamos sentirnos cada día. 

Parece como si cada vez olvidáramos con más facilidad la importancia de ser sobradamente generosos con nosotros mismos y en el comportamiento con los demás. Como si no fuéramos conscientes de que es la única manera de reconfortar nuestro propio corazón, de llegar a sentirnos en paz y así llevar una vida plena.

Es imposible alcanzar ese estado fundamental de sosiego y equilibrio interior, vivir en calma, feliz, si estamos más pre-ocupados por no pasar, por no olvidar, por recordarle constantemente a nuestros pensamientos todo lo malo que vemos en los demás e incluso en nosotros mismos. Por gastar nuestra energía presente en inútiles y subjetivos relatos de una realidad que ya es pasado. Permitimos con demasiada frecuencia que sean el egoísmo y la crítica los que nos definan el camino a seguir. Esto nos vuelve tan inflexibles, tan susceptibles y faltos empatía que llegamos a sentirnos agredidos prácticamente por todo y por todos. Así es imposible vivir, entramos en un círculo de malestar creciente que va mermando cada día nuestra capacidad de sonreír, de reinventarnos, de renovar nuestras ilusiones y fortalecernos con nuevos sueños. 

No deberíamos dejarnos llevar por el camino aparente de la desesperanza y el pesimismo, ese al que la falta de autocrítica y los excesos de orgullo y rencor, nos empujan a actuar de la forma más equivocada y dañina posible. Así, tristemente, solo conseguiremos alejarnos de quienes deberíamos anhelar ser y sobre todo, de lo que nuestro corazón necesita sentir..



lunes, 25 de abril de 2016

Escribir.



…“Escribir es una manera de acariciar desde lejos”.  Leí esta frase hace unos días y me pareció muy reveladora. Quizás porque resume lo que tantas veces me impulsa a sentir la necesidad de escribir aquí, de expresar con palabras los sentimientos y emociones que a veces me causa la ausencia, de evocar la pasión y el calor que me roba la soledad del camino. 

No pretendo volver a los días de nostalgia, ni recrearme en utópicos anhelos donde sé que no reside la felicidad. Pero sí que a veces sé que necesito rodearme de caricias, sentir la magia de los besos, la emoción de una ávida mirada. Porque si maravilloso es oír o leer bellas palabras, más aún lo es el regalo de cerrar los ojos y dejarse mecer por el mar de las sensaciones y los sentimientos compartidos. Nunca deberíamos quedarnos con besos no estrenados. Nada nos debería frenar las ganas de querer, de abrazar, de rozar, de acariciar a esos que nos hacen sentir vivos, que nos erizan la piel con una simple mirada, que nos hacen soñar de día y suspirar de noche. 

La vida es un dulce bocado y merece que nos entreguemos a ella sin condiciones, sin miedos. Conseguir que nada nos frene las ganas de encontrar pasión y entusiasmo en todo lo que hagamos. Permitirnos mostrar nuestro corazón con cada gesto, ser capaces de querer y amar más allá que lo que la desenfrenada realidad nos permita. Pocas cosas encuentro más terribles que tener la sensación de vivir tras un cristal, que vivir dejando nuestros sueños por cumplir, que vencernos a los miedos que nos paralizan y nos enturbian nuestros deseos.

Siempre deberíamos rendirnos al amor, a la tentación de ser valientes y desear  aquello que nos apasiona, dejarnos envolver por la magia que trae lo inesperado y creer que lo que nos quita el sueño siempre se puede hacer posible…



miércoles, 23 de marzo de 2016

La autenticidad.



Creo que se ha convertido en algo común cada vez que escribo, el mostrar mi indiscutible defensa hacia todo lo relacionado con el crecimiento personal y con la implicación que cada uno de nosotros deberíamos dedicar a conseguirlo.

Pero quizás esta vez, y motivada por unos textos y reflexiones que he leído en estas últimas semanas, quiero defender precisamente el valor de lo inamovible, de la autenticidad, de ese privilegiado lugar en el que todos deberíamos desear estar y que es precisamente donde nos sentiremos personas únicas y especiales. Tal vez, porque sé de las dificultades reales que conlleva todo proceso de cambio y conocimiento personal hasta alcanzar este lugar; es por lo que admiro tanto a esas personas auténticas, identificables sea cual sea la circunstancia y el momento de su vida. Son personas con las que es delicioso y tremendamente enriquecedor compartir un rato con ellas, cuánto no lo sería poder compartir toda una vida..,

Deberíamos ocupar gran parte de nuestros esfuerzos en intentar ser reconocibles siempre, ante cualquier situación, ante cualquier contratiempo que en la vida nos pueda sobrevenir, ante los momentos más alegres o los más dolorosos. Adoro a esas personas donde la coherencia marca la comunicación entre sus pensamientos y sus actos, y con ellos nos muestran lo que son y, sobre todo, lo que sienten; con una sonrisa sincera, una cálida lágrima, una simple mirada,… Son personas auténticas de verdad, que actúan con una naturalidad tan arrolladora, que resulta tentadoramente atractivo estar cerca de ellas.

No creo que exista nada que justifique que estas personas únicas, que han alcanzado ese lugar privilegiado desde el que mantenerse inamovibles, fieles a lo que son, dotadas de una magia especial, de una luz contagiosa y una profunda generosidad, tengan que modificar o cambiar algo de lo que, con tanto esfuerzo y voluntad, han alcanzado y que es precisamente lo que las hace valiosas. Lo que les hace levantarse cada mañana sintiéndose protagonistas y únicos dueños de su vida, lo que les da la fuerza e ilusión suficientes para superar cualquier dificultad, lo que alimenta día a día su autoestima, les hace sentirse felices, orgullosos de ser justo quienes desean ser y les alienta a llevar una vida coherente, plena, inundada de una paz interior que es el mejor regalo a los que miran la vida desde el lugar escogido.

De ahí la importancia de encontrar la ilusión suficiente que nos haga desear iniciar un proceso de cambio y transformación personal que nos acerque a la autenticidad. Ser capaces de mostrarnos valientes para comenzar un camino a través del cual permitirnos modificar y mejorar (e incluso cambiar) todo aquello que no nos gusta y que nos impide ser nosotros mismos, todo lo que nos impide mirarnos a un espejo y ver reflejada a la persona que realmente queremos  ser. Así, siempre viviremos bajo el convencimiento de sentirnos personas privilegiadas, muy afortunadas por reconocernos únicos, y en ello residirá nuestra felicidad.

Alcanzado ese momento, nada se volverá imposible..


(Paisajes, Juan Carlos Castro Crespo, Huelva)



jueves, 11 de febrero de 2016

Conexión emocional.



Hace unos días dediqué la última de mis entradas a la dulzura, a esas personas sumamente delicadas cuyo comportamiento se vuelve tan adorable que resulta un privilegio compartir parte de nuestro camino con ellas.

Ayer leí un artículo muy acertado sobre este tema. En él su autor definía el cariño como el mejor signo de respeto hacia los demás; sinónimo de bondad, de amabilidad, de respeto y de amor. Y defendía que “…tratar con cariño es tocar con respeto el alma del otro”. No puedo estar más de acuerdo con sus palabras.

Quizás no resulte entonces lógico que a diario nos encontremos con comportamientos donde las malas contestaciones, las faltas de respeto, las impertinencias, exigencias.., definan la relación entre las personas. Parece como  si se nos olvidara con facilidad el indiscutible valor de tratar amorosamente a los demás y regalarles cada día nuestra mejor versión; nuestros generosos actos y nuestras más acertadas palabras de cariño. Como si no fuéramos conscientes que es imposible sentir felicidad actuando de tan deplorable manera, que ese comportamiento altamente negativo y egoísta acabará por destruirnos como personas, impidiendo que vivamos una vida plena y en paz con nosotros mismos.

Tendríamos que tomar conciencia de que cualquier expresión, por insignificante que nos parezca, constituye un intento de conexión emocional con el otro. En una simple pregunta, en un gesto, en una mirada.., hay una intención de relacionarnos emocionalmente con el otro, y el grado de su respuesta dependerá en gran medida de la carga de positividad de nuestra intención, de nuestro grado de empatía y nuestra capacidad para de-mostrarles nuestro interés y nuestro cariño a través de nuestros gestos.

Es obvio que nuestros intentos de conexión emocional con los demás serían muchísimo más fructíferos si lográramos identificar previamente sus necesidades emocionales, aquello que demandan de nosotros. De esta manera evitaríamos erróneas e infinitas interpretaciones y sobre todo, que la relación acabe marchitándose y volviéndose destructiva.

Ojala encontremos siempre la motivación suficiente que nos impulse a ser mejores personas, con nosotros y con los demás, más dulces, más amorosos, con una mayor capacidad de regalar afecto a todos sin excepción. De ello dependerá que prevalezca la felicidad y el amor en nuestras vidas..



viernes, 5 de febrero de 2016

Dulzura


A menudo me pregunto por qué recurro inconscientemente a llenarme de diminutivos cuando hablo con gente a la que quiero, o por qué me gusta tanto por ejemplo la pintura naif (1), o cuidar de las plantas… Pues sí, adoro la dulzura. Adoro a esas personas que me hablan como si sus palabras las meciera el viento, que te acarician como si sus manos fueran de algodón y que te miran como si con sus ojos pudieran besarte el alma.

Siento predilección por esas personas dulces, que se relacionan con el mundo desde esa parte sensible y mimosa que les aporta su alto grado de ternura, que aunque las define su apariencia frágil y su quebrada voz, poseen una valiosa virtud, la capacidad de amar no solo con el corazón, sino con cada uno de sus gestos, con cada tierna sonrisa, con cada inocente mirada, son el calor de sus abrazos.. Son todo ternura, capaces de demostrar lo liviano que se vuelve el camino cuando se recorre con suavidad y con calma, reconociendo el afecto que sienten hacia todo lo que las rodea desde la gratitud de sentirse afortunadas por vivir con plenitud una vida que es el mejor de los regalos.

Me siento feliz cuando me definen como una de esas personas dulces, amorosa con los demás e incluso algo consentida conmigo misma. Me reconforta cuando ven en mi esa dulzura, esa aparente fragilidad; en como les hablo, en cómo les miro y les sonrío por las mañanas;  algo que para mí es fundamental, algo que identifica lo que soy y que con apasionado empeño procuro cultivar cada día. 

Imagino cuánto mejoraría nuestra percepción de la vida y nuestra sensación de felicidad si todos intentáramos ser más mimosos, más amorosos con la gente con la que convivimos. Si nos permitiéramos regalarles una sonrisa de buenos días, si nos preocupáramos con sinceridad por ellos, si les dedicásemos generosamente nuestro tiempo a escucharlos con verdadero interés, si buscáramos compartir algo de nuestro entusiasmo, de nuestra alegría y nuestras ganas justo cuando más lo necesitan.

Ojala la vida me siga regalando la posibilidad de compartir infinitos ratitos con esas personas únicas y especiales, personas a las que siempre cuidaré como el mayor de los tesoros. Porque estar con ellas y compartir una mirada,  es como tocar el cielo..



(1) Pintura naïf (del francés naïf, “ingenuo”), caracterizada por la ingenuidad y espontaneidad, el autodidactismo de los artistas, los colores brillantes y contrastados y la perspectiva acientífica captada por intuición. En muchos aspectos, recuerda (o se inspira en) el arte infantil, muchas veces ajeno al aprendizaje académico.





 
Pintura Naif: “La Aldea”. Museo Histórico Religioso. Almonte

jueves, 4 de febrero de 2016

Ser paciente (II)

Hace unos días y tal vez movida por mi reciente curiosidad hacia todo lo relacionado con la paciencia y el sosiego, leí un par de artículos que versaban sobre este tema (1). Tras leerlos me pareció que quizás el interés por cultivar estos valores está empezando a adquirir un interesante papel en el camino hacia la felicidad, sobre todo en estos tiempos donde todo se vuelve fugaz y repentino, donde lo efímero parece inundar todo lo que nos rodea.  

A veces basta con mirar un poco atrás para darnos cuenta que todo aquello que hemos conseguido a lo largo de nuestra vida está indudablemente relacionado con nuestra mayor o menor capacidad de esfuerzo y constancia, de espera hasta conseguir el objetivo soñado, justo lo que nos ha aportado una mayor felicidad.

Y es que la paciencia podría considerarse una de esas imprescindibles virtudes que todos deberíamos trabajar, esa ventana a través de la cual respirar aire fresco cada mañana y sentirnos verdaderamente libres. No debemos entenderla como una carga, como algo que nos empuje a la desesperanza por no llegar a conseguir con inmediatez aquello que ansiamos. Nunca nos deberíamos sentir cansados de esperar, pues todo lo que nos merecerá la pena requiere del valor de nuestra paciencia, de la mayor de nuestras ilusiones y una actitud fiel y entregada.

Es precisamente ese momento de espera el que nos enriquece y nos permite descubrir nuevas capacidades, el que alimenta nuestro amor propio y refuerza nuestra autoestima. El que aumenta nuestros valores y nuestro compromiso personal hacia la consecución de nuestras metas.

Únicamente desde la paciencia lograremos entender, y así aceptar, la improbabilidad de la vida, la casualidad, la constante incertidumbre que acompañará siempre nuestros sueños. Sólo desde el sosiego conseguiremos tolerar el sentimiento de frustración que a veces nos inunda cuando el éxito no recompensa nuestro esfuerzo. Esto no significará que nos rindamos, sino entender que siempre tendremos la posibilidad de invertir todo nuestro esfuerzo en cambiar aquello que no nos gusta y que es justo lo que nos impide sentirnos libres..


(1). “El secreto del éxito está en saber esperar la recompensa”
      “Para conseguir nuestros sueños la paciencia nos puede ayudar”.





jueves, 21 de enero de 2016

Ser paciente.

No son pocas las veces que he comentado mi personal intención de cultivar la paciencia y el sosiego como herramientas fundamentales para definirnos felices, para llegar a conocernos y así vivir de forma consecuente con nuestros pensamientos y sobre todo, con aquello que somos y que sentimos. Sigo manteniendo que sólo desde este lugar alcanzamos observar los mejores horizontes, sólo desde la calma y la paz interior conseguimos reconocer nuestras ilusiones y el anhelo de nuestros más secretos sueños.

Hace poco leí un artículo que definía de una forma adorable, cómo lo mejor de la vida  llega y nos inunda con su magia justo cuando menos lo esperamos; a veces incluso cuando nos definimos derrotados y creemos imposible que algo llegue a sorprendernos.

Pero también es cierto que, para poder ver los infinitos regalos que la vida nos va poniendo en el camino, hace falta tener una actitud altamente positiva, paciente, muy generosa; tan sensible a los cambios como la suave brisa que cada mañana renueva sus ilusiones para simplemente acariciarnos el rostro. 

Debemos alimentar nuestro corazón de ese tipo de ilusiones, permitirnos el placer de dejarnos mecer por la repentina casualidad de la vida, de dejar que el presente nos conquiste de una forma tan apasionada que mantenga siempre encendida la llama de nuestros deseos.

Y es que lo que cada día nos hará felices habita en lo más sencillo que alcancemos ver, en una sonrisa robada, en un cálido abrazo, en una mirada capaz de congelar el tiempo.., en definitiva, en todo aquello que sin buscarlo, sea capaz de transmitirnos una desbordante pasión por vivir. 

Justo aquello que nos enamora..


…”La vida te regala cada día nuevas oportunidades; permítete se feliz otra vez, deja que lo improvisto te encuentre y te vista de ilusiones renovadas, que pinte en tu rostro alegrías, y estrellas que deslumbren tu corazón.










lunes, 21 de diciembre de 2015

Somos lo que pensamos.


Esta vez he optado por titular esta entrada de la misma manera que lo hacía la autora de uno de los últimos artículos que he leído, Somos lo que  pensamos.

Nuevamente no puedo estar más de acuerdo con tan breve y acertada reflexión. Quizás porque resume la clave de la madurez y el control emocional, algo fundamental si aspiramos a vivir en plenitud y sentirnos felices. Y es que aunque es algo ampliamente sabido por todos, muy pocos son los que en su día a día tienen la inteligente capacidad de aplicar sin excepción este dogma.

A menudo nos empeñamos en alimentar absurdos y tóxicos diálogos internos a cerca de lo que nos ocurre, incluso hasta de lo que nunca nos llegará suceder. Generamos constantemente un sin fin de interpretaciones negativas y derrotistas sobre todo aquello que creemos ver, que creemos oír, que imaginamos sentir.., llenamos nuestra cabeza de un mar de miedos, inseguridades, añoranzas; nos recreamos en inútiles pensamientos que nos empujan hacia un cómodo victimismo desde el cual difícilmente conseguiremos crecer y ser felices.

Si por un momento llegáramos a entender la verdadera utilidad de nuestros pensamientos, la poderosa herramienta que tenemos todos a nuestro alcance y de la cual depende una felicidad cuya clave está únicamente en nosotros y en nadie más. Si fuéramos capaces de re-pensar lo que vemos desde otro lugar, un lugar donde comprobar que todo puede verse diferente, donde distinguir lo positivo de la vida, donde apreciar la parte de corazón en los que nos rodean, el amor en un bello gesto, en una dulce palabra, en una sincera y tierna mirada, en un cálido abrazo...

Hay tantas cosas extraordinarias con las que argumentar nuestros pensamientos, con las que hacerlos crecer y fortalecerlos hacia el entusiasmo por la vida, que resulta a veces incomprensible que sigamos aferrados a inundarlos de erróneos y falsos argumentos, tan dañinos que llegan incluso a condicionar la imagen que tenemos de nosotros mismos, que nos impiden mirar sin miedo a nuestro interior, apreciar lo que somos, sentirnos afortunados, valiosos, únicos, capaces de disfrutar cada día  con la pasión y las ganas que el regalo de la vida merecen.


“La vida es elegir, puedes elegir ser una víctima o cualquier otra cosa que te propongas” (“El Guerrero Pacífico”, 2006)




(para A.R.M, gracias)

viernes, 6 de noviembre de 2015

La suerte.

Ayer estuve leyendo un breve artículo que versaba sobre la suerte y las distintas maneras de llegar a ella. Y seguramente lo que  me resultó más interesante fue la manera tan positiva desde la que el autor trata de convencernos de la existencia generalizada de buena suerte, y de cómo es la suma de nuestros personales pensamientos negativos lo que tantas veces nos impide ser conscientes de ello.

Resulta imposible sentirse afortunado si vivimos instalados en una constante comparación hacia todo aquello que no somos, o que no tenemos y los demás sí, o añorando lo perdido, lo que nunca volverá a ser… Jamás conseguiremos vivir una vida plena e intensa si, en vez de detenernos y simplemente mirar y reconocer la gran cantidad de motivos que la vida nos ofrece para ser feliz, ocupamos nuestros pensamientos en una queja tan injusta como destructiva que acaba por magnificar nuestros errores y fracasos, descubrir nuestras carencias y alimentar nuestros miedos.

Sin embargo, nada de esto es real, solo está en nuestros esclavos pensamientos. Claro que somos afortunados. Solo necesitamos trabajar la paciencia y el sosiego suficientes como para ver nuestra propia vida desde un lugar algo más alejado. Desde un lugar que nos posibilite tomar conciencia del resultado y el efecto de nuestros actos y del de los demás, de que a veces todo aquello que interpretamos como mala suerte, también tiene indiscutiblemente una lectura positiva y hacia el crecimiento personal. Porque cuando creemos y lamentamos lo injusto de lo malo que nos sucede y que a priori tanto nos hacen sufrir, olvidamos que es así porque vivimos, porque sentimos, porque amamos, porque somos capaces de reconocer otra manera de escribir los días, porque nos mueve la inquietud de ser mejores personas, porque es precisamente esto lo que nos tornará hacia el mejor de los aprendizajes, algo que nos impulsará a crecer y a creer que hay otra manera de recorrer la vida. Es justamente esto lo que nos debería hacer sentir privilegiados y llenarnos de un entusiasmo desbordante.

Porque si algo es indudable es que nada ocurre porque sí, porque de todo podemos y debemos sacar esa lectura positiva, valiente, que nos transforme en personas más completas, más sinceras y con una mayor capacidad de valorar y amar todo lo que somos y todo aquello que nos rodea. Esa mirada que llene nuestra vida de sueños, de preciosa magia, de una arrolladora ilusión por creer siempre que la vida es el mejor de los regalos.


“Yo creo bastante en la suerte y he constatado que, cuanto más duro trabajo, más suerte tengo.” (Thomas Jefferson)




martes, 15 de septiembre de 2015

La magia de conversar



No es la primera vez que admito el desmesurado entusiasmo que despiertan en mi algunos de los artículos sobre psicología que cada domingo nos regala un conocido semanario; y cómo de una manera tan inesperada como casual, parecen a veces llegar a mis manos en el momento preciso, como queriendo llenar de acertadas respuestas a mis siempre despiertas inquietudes. 

Esta vez he querido detenerme en uno de los últimos que leído, La magia de conversar¹, un artículo verdaderamente asombroso, con el que no puedo más que compartir todas y cada una de sus palabras.

Y es que no puedo estar más de acuerdo que cuando nos habla del placer y la libertad que se experimenta cuando somos capaces de compartir un momento mágico de buena conversación con alguien. No reconozco un acto mejor de generosidad y entrega hacia el otro que cuando nos permitimos el regalo de mostrar todo nuestro yo, toda nuestra esencia, a través del diálogo. Me resulta difícil encontrar otra manera mejor de valorar a la otra persona, de hacerla sentir especial y parte importante de nosotros mismos que cuando, sin condiciones, entregamos todo nuestro ser a escucharla, comprenderla y llegar a sentir la incuestionablemente conexión que surge cuando se alcanza intimar con el otro. Es como si después de experimentar un momento de única conversación, ninguno volviera a ser el mismo, como si se iniciara con cada una de las palabras un proceso de acercamiento y transformación irreversibles, de cambio hacia un nuevo lugar lleno de nuevas y desconocidas consecuencias.

Quizás resulte contradictorio que algo tan enriquecedor, capaz de llenarnos de un entusiasmo desbordante, sea a su vez tan difícil de lograr. Parece como si hoy en día no alcanzáramos a ver ni valorar lo que verdaderamente importa, lo que nos hace realmente felices, tal vez porque la mayoría de las veces hemos situado nuestro horizonte tras una torpe pantalla de móvil.

Ojala se recupere el valor de todos esos momentos, esos que se alargan hasta la línea de nuestros más inconfesables deseos, que parecen no querer llegar jamás a su fin, que prolongaríamos hasta el final de nuestros pensamientos..


…”…dos individuos, conversando con honestidad, pueden sentirse inspirados por el sentimiento de que están unidos en una empresa común con el objetivo de inventar un arte de vivir juntos que no se ha intentado antes”.  
(Conversación, Theodore Zeldin)



(1)  Francesc Miralles, EPS 9 Agosto 2015.











martes, 7 de julio de 2015

El objetivo.



Hace unos días tuve la fortuna de compartir entre amigos y buenas conversaciones un espléndido y calurosísimo sábado. Y es curioso, pero cuando ya empezaba a echar de menos encontrar un tema sobre el que poder hablar de amor, a alguien se le ocurrió casi entre bromas, lanzar un objetivo para este año: “…enamorarse!”.

Creo que aún me estoy riendo. Bueno, admito que todos nos reímos en un primer momento bastante, quizás entre una mezcla de asombro y desconcierto sin saber casi qué decir; si responder con un esperanzador “sí”, o directamente con un rotundo “jamás”. Sólo el hecho de replantearnos e imaginar cercano ese objetivo, hizo que fugazmente se tambalearan las parcelas que conforman nuestra controlada y casi resuelta existencia. Es como si enamorarnos implicara la debilidad de permitir acceder a alguien desconocido a nuestra fortificada vida, alguien que llega para robarnos parte de nosotros, indudablemente de nuestro apreciado tiempo, y con toda seguridad de nuestro amado corazón.
 
Y aunque es cierto que pocas cosas reconfortan y abrigan más nuestra existencia que un amor correspondido, que la sensación de amar y sentirse amado; lamentablemente pocas cosas son a su vez tan difíciles de conseguir, sobre todo cuándo nuestro corazón es capaz de mirar con la destreza y habilidad que te confiere el tiempo vivido y la madurez emocional. No imagino a nadie que no desee sentirse enamorado, que no anhele la sonrisa del amor, que no busque el calor de una mirada, de un abrazo, de un dulce beso.
 
Quizás el verdadero amor sea solo un sueño, quizás la realidad no nos permita encontrar aquello que apasionadamente deseamos. Quizás ni siguiera exista…

O quizás nada de esto tenga sentido ya, quizás ya me defina enamorada..



viernes, 22 de mayo de 2015

Cinco años.



Cinco años sin hablar de Ti. Sin volver a emocionarme, como con el corazón helado, como con el alma ausente. Con los sentimientos interrumpidos, latentes, cuidando cada día porque no despierten, porque no incomoden ni hagan aún más difícil, si cabe, mi involuntaria ausencia. No sé hasta cuándo seguiré añorándote. No sé hasta cuándo durará esta espesa melancolía que el sonido de los cohetes y las campanas me traen puntuales cada año.


A veces busco justificar tanta coincidencia. Busco entender por qué después de haberme acercado tanto a tus lugares, me siento más alejada que nunca. Sé que al menos me queda el alimento del anhelo de despertar de este mal sueño algún día. Que la brisa de tu mañana me renueve la ilusión y las ganas de TÍ, que me traiga nuevas vivencias, nuevas emociones, nuevas estampas. Quizás como las ya vividas, como esas que recuerdo ahora mientras deambulo entre contradictorios sentimientos. O tal vez distintas; pero ojala que impregnadas simpre de la misma magia, de la misma ilusión de niña con la que ahora imagino haberlas vivido, de la misma emoción por volver a verte, por volver a cantarte.


Mientras permaneceré esperando, paciente, con el sosiego y la calma de quien espera bajo la sombra a que pase el calor del intenso verano. Deseando que todo vuelva de nuevo, que TÚ otra vez me sorprendas, y que lo que tenga que venir lo haga siempre impregnado de tu dulce mirada.




Cinco años sin hablar de Rocío.




viernes, 15 de mayo de 2015

Sin duda.


El miércoles tuve la fortuna de vivir uno de los días más especiales de mi vida, sin duda.

A veces no nos damos cuenta de hasta que punto la mayor o menor generosidad en nuestro comportamiento o el adoptar una actitud dulce y bondadosa en relación a los demás, nos puede condicionar nuestra propia felicidad y la concepción que tenemos de nosotros mismos.

Nunca hubiera imaginado llegar a recibir las indescriptibles muestras de inmenso cariño que estos días me habéis regalado. Nunca sabré cómo agradeceros haber transformado ese día tan especial para mi, en un día mágico, rebosante de emociones, de inolvidables sorpresas, de infinitas risas. Os adoro. Sabéis que os quiero muchísimo. Que me bastan vuestras sonrisas para sentirme feliz. Que me emocionan vuestras palabras. Que siento la generosidad con la que agradecéis mi compañía e incluso mis pesados consejos.

Ya han pasado algunos días, y a pesar de ello, aún no he logrado asimilar el amor y la amistad tan sincera que me habéis demostrado.

Nunca imaginé recibir algún día tan valioso regalo. De esos que no se podrían comprar jamás, porque tienen un valor infinito. De los que se guardan en el corazón y permanecen para siempre alimentando nuestros recuerdos. De los que nos reconfortan cuando nos sentimos olvidados y nos animan a ver la vida de brillantes colores.

Este ha sido mi cumpleaños más especial, sin duda.


 
(A Gema y a Desi, a las que adoro!)




miércoles, 15 de abril de 2015

En soledad.



Cada día disfruto más cuando consigo reconocerme en casuales artículos que acostumbro leer con frecuencia. Ayer mismo, puede recrearme con la lectura de un breve texto sobre la soledad con el cual me sentí profundamente identificada.

Me encantó compartir su manera poco común de entender la soledad como un estado positivo, afortunado, lleno de privilegios; un estado muy en contraposición con la terrorífica visión que la sociedad difunde constantemente, donde pocas cosas inspirarían más tristeza y compasión que contemplar a alguien sin compañía, donde el contagio de estar solos acaba inundándonos de miedos. Es la soledad impuesta, obligada, aquella que nos impulsa a añorar lo ausente y a aislarnos frente al dolor.

Sin embargo, esta vez  la soledad se nos ofrece como algo extraordinariamente valioso, como una soledad grandiosa, gozosa, plena, elegida desde la voluntad y de forma consciente para acercarnos a nosotros mismos, para respirar, para pensar, para crecer y vivir en libertad. Todo un privilegio capaz de regalarnos la experiencia de sentirnos verdaderamente libres, como el mejor de los tesoros, como el lugar idóneo desde donde encontrar y disfrutar con la compañía de uno mismo.

Reconozco cuánto he disfrutado leyendo cada una de las palabras, y cuánto agradezco encontrarme con el inmenso regalo de reflexiones capaces de ofrecernos una visión dulce y positiva de todo aquello que nos rodea.



…”…hay otras personas que están solas y viven y brillan y se entregan a la vida de la mejor manera. Personas que no se apagan, al contrario, cada día se encienden más y más. Personas que aprenden a disfrutar de la soledad porque las ayuda a acercarse a sí mismas, a crecer y a fortalecer su interior.
Esas personas son las que un día, sin saber el momento exacto ni el por qué, se encuentran al lado del que las ama con verdadero amor y se enamoran de una forma maravillosa.”. (Teresa de Calcuta)  




sábado, 21 de marzo de 2015

Sentido crítico

Hace unos días atendí a un debate donde se cuestionaba la definición de crítica y su influencia en el comportamiento del individuo (1).

De nuevo, y de la misma forma sorprendente, he podido comprobar la falta de correspondencia entre lo que comúnmente entendemos acerca de cualquier concepto, y la influencia, que desde un punto de vista filosófico, debería significar para el individuo y su repercusión en la sociedad. Al igual que con el concepto de cultura y ser culto, donde ya comprobamos la incuestionable desconexión con el término erudito y con la mayor o menor capacidad de acumular conocimiento, ..”..cultura es solo humanidad” (2); comprobamos cómo esta escisión es también aplicable al concepto de crítica.

Generalmente la sociedad identifica la crítica a través únicamente de su imagen peyorativa, como herramienta destructiva del individuo, y no a través de su sentido positivo, de la crítica como ejercicio de inteligencia, como insustituible forma de crecer y enriquecernos a través del análisis.La crítica, o más acertadamente, el sentido crítico, es lo que nos predispone a una actitud de continua movilidad, de inquietud constante por evitar los pesados estados de conformismo y mediocridad. Nos ubica en un lugar predilecto para poner en cuestión cualquier planteamiento, lo que nos gusta y lo que no; para alejarnos en nuestras decisiones de los criterios de opinión que cada vez con más pujanza, recibimos intencionadamente a través de los medios de comunicación.

Alcanzamos el sentido crítico a través del arte. A través de reconocer la relación entre la crítica y la estética, entendiendo por estética la amplitud de formas y conocimiento desde el que aprender a enjuiciar y valorar. De ahí la importancia que debemos dar al arte, a la cultura, a la necesidad de crecer y cultivar cada día nuestra inquietud por seguir aprendiendo.


“Tiene derecho a criticar quien tiene un corazón dispuesto a ayudar” (Abraham Lincoln)




(1) Crítica (RAE);
1. tr. Juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas del arte.
2. tr. Censurar, notar, vituperar las acciones o conducta de alguien.

(2) Cultura, La Escalera Azul, 7 marzo 2014.